ODS: el largo camino de regreso a casa

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Hace cinco años ya, el 25 de septiembre de 2015, en la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, los representantes de 193 países se comprometieron formalmente con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y las 169 metas que los desarrollaban. En palabras de António Guterres, secretario general de la ONU su objetivo era «poner fin a la pobreza y encauzar al mundo en el camino de la paz, la prosperidad y las oportunidades para todos en un planeta sano».

Que fuera necesario poner por escrito un documento de tal naturaleza, ya dice mucho del punto en el que estábamos, pues aunque en esta parte del mundo, el problema fuera lo suficientemente evidente para todos aquellos que ya habían decidido “vivir con los ojos abiertos”, parece que no lo era todavía para la gran mayoría. Dado el estado de las cosas, tener un marco de referencia para actuar en esa dirección es sin duda un avance. No obstante, cabe reflexionar sobre qué es realmente el avance de la humanidad, pues si en el siglo XXI necesitamos un documento que impulse que las personas no mueran de hambre, no haya esclavos, no envenenemos el mar o no extingamos especies, es que el correr de los años no es garantía de avance alguno. Y es que en esto de la edad de la humanidad, parece suceder lo mismo que a nivel individual, que dependiendo de lo que hagamos con la experiencia, la edad puede no ser sinónimo de sabiduría sino solo de vejez. O lo que puede ser peor, que confundamos el avance tecnológico con avance de la humanidad, en lugar de verlo como una herramienta para ello.  Si la situación es la que es, es que colectivamente hemos traicionado lo más esencial del ser humano: su humanidad. En algún momento de nuestra historia perdimos el punto y comenzamos a cruzar unas líneas rojas que nunca deberíamos haber sobrepasado.

El tema de la responsabilidad es ciertamente complejo porque es mucho más fácil estar de acuerdo en lo macro que actuar en lo micro. Por ejemplo, todos sentimos empatía con la situación de los agricultores, más cercanos o más lejanos, y queremos que puedan vivir dignamente de su trabajo, pero son las ofertas más agresivas en precio las que acaban triunfando en los súper, sin hacernos muchas preguntas sobre qué pasa “aguas arriba”. No nos consideramos malos. Nos decimos a nosotros mismos que somos buena gente o que somos lo suficientemente buenos. Al fin y al cabo, no vamos por ahí matando o robando, por lo menos no directamente, y tampoco nos hacemos demasiadas preguntas sobre las consecuencias últimas de nuestros actos o sobre la ausencia de ellos.

La responsabilidad se acaba diluyendo en la sociedad en general y no la tomamos a nivel personal. Nos gusta diferir la responsabilidad. Repetimos que la tienen los políticos, la tienen otros, pero lo cierto es que la tenemos cada uno de nosotros. Por eso este es un momento crucial para tener verdaderos líderes, personas que tomen la decisión de avanzar con responsabilidad en pos del bien común, que emanen ese liderazgo desde la posición en la que estén, ya sean empresarios, profesionales liberales, políticos o empleados del hogar, que den un paso al frente. Para ello “solo” es necesario tomar la responsabilidad sobre nuestra propia vida, sobre nuestras decisiones, sobre cómo debemos actuar con el otro, por muy lejos que esté o diferente que sea. Saber que el lugar donde ponemos cada uno de nuestros euros, cada envase reciclado, cada acto de solidaridad cuenta. Porque así, unos cuidando de otros construimos un pueblo, una ciudad, un país y un planeta.

Estamos lejos de cumplir los objetivos de la agenda 2030. La cumbre del clima celebrada en 2019 en Madrid ya nos lo dejó bastante claro y poco después, nos topamos de bruces con la COVID-19, que puede convertirse en la excusa perfecta para justificar el fracaso colectivo. Pero si sabemos verla, esta pandemia global puede ser también nuestra oportunidad global de “reseteo”, el punto de inflexión necesario para construir una nueva realidad, más allá de la nueva normalidad para hacer que lo normal sean los valores humanos.

Podemos ver los Objetivos de Desarrollo Sostenible como una senda que marca el camino de vuelta a casa, a una forma de ser, de hacer y de tener que nunca debimos abandonar, pero que al hacerlo, centrifugamos cada vez a más personas hasta llegar a lo insostenible. A lo insostenible desde el punto de vista económico y medioambiental, pero sobre todo a lo insostenible desde el punto de vista humano. El 2020 marca el inicio de una década de acciones que deben ser ambiciosas con el fin de alcanzar los Objetivos para 2030. Estamos ya en la denominada década de la acción, pues el problema real es llegar cuanto antes a una masa crítica de acciones relevantes que supongan un cambio real. Lamentablemente, no estamos implementando suficientes acciones para propiciar el cambio necesario de manera proactiva, y si seguimos instalados en la palabra sin acción, acabaremos descubriendo cuánto dolor más podemos soportar hasta decidir actuar. Ojalá esta década para la acción pase a los libros de la historia de la humanidad como los años en los que se alzaron verdaderos líderes en cantidad suficiente que propiciaron el cambio anhelado hacia una sociedad responsable y justa en todos los ámbitos. Una sociedad en la que el hecho de que alguien muera de hambre en cualquier parte del planeta, sea inconcebible y que alguien se plantee tirar una botella en el bosque o en el mar, increíble. En definitiva, una civilización realmente avanzada.

No es utopía. Esta es la distopía. 

Fotos Pixabay

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